Biotecnología · global
La operación de Myricx destaca el valor temprano de las nuevas empresas oncológicas del Reino Unido
Novartis compra Myricx Bio por hasta 1.500 millones de dólares; en apariencia es otra adquisición dentro del auge de los ADC, pero en un nivel más profundo es una señal de que las grandes farmacéuticas están desplazando el riesgo y la imaginación de vuelta al origen de la traducción académica.
En el desarrollo de fármacos contra el cáncer, lo verdaderamente costoso no siempre son solo las moléculas que llegan a fases clínicas avanzadas, sino las plataformas capaces de cambiar la lógica de diseño de toda una clase de medicamentos. Novartis aceptó adquirir la empresa británica de biotecnología oncológica Myricx Bio, en una operación que podría alcanzar los 1.500 millones de dólares, lo que muestra que la competencia en los conjugados anticuerpo-fármaco (ADC) ya no gira únicamente en torno a “qué diana encuentra el anticuerpo”, sino que también se extiende a si la propia carga citotóxica puede ser más precisa y más controlable.
Según informaron varios medios, la operación incluye un pago inicial de 1.100 millones de dólares y hasta 400 millones de dólares adicionales en pagos por hitos. Myricx tiene su sede en Londres, se basa en investigaciones del Imperial College London y el Francis Crick Institute, y fue fundada en 2019 por Ed Tate, Roberto Solari y Andrew Bell. En comparación con los productos ADC que ya han llegado a la fase comercial, Myricx se parece más a una compañía de plataforma en etapa temprana que apuesta por la química fundamental y la biología celular.
El núcleo de Myricx es su plataforma de cargas con inhibidores de N-myristoyltransferase (NMTi). La N-miristoiltransferasa participa en la modificación lipídica de proteínas e influye en múltiples funciones celulares; si este tipo de inhibidores se usa como carga tóxica de un ADC, en teoría podría permitir que el anticuerpo lleve el fármaco cerca de las células tumorales y luego libere una molécula letal con un mecanismo de acción distinto. El énfasis descrito por Fiona Marshall, responsable de la división de investigación biomédica de Novartis, también está en que este “mecanismo diferenciado” podría permitir que los ADC se expandan a más contextos tumorales.
La clave aquí no es el término ADC en sí, sino los límites de la tolerabilidad y la resistencia a los fármacos. Las cargas tradicionales dependen en gran medida de vías como la inhibición de microtúbulos o el daño al ADN, y aunque su eficacia ya ha sido demostrada por varios medicamentos, la toxicidad, el efecto espectador, la heterogeneidad tumoral y la resistencia tras la recaída siguen limitando las dosis utilizables y el rango de pacientes. Si la estrategia NMTi de Myricx resulta viable, su valor estaría en ofrecer otro lenguaje de destrucción celular; pero la información pública disponible sigue siendo limitada y aún no basta para evaluar su ventana terapéutica, seguridad y selectividad tumoral en humanos.
El ecosistema biotecnológico del Reino Unido se convierte por ello en otro eje de la operación. Myricx había completado previamente una ronda Serie A de 90 millones de libras liderada por Novo Holdings y Abingworth, con la participación de British Business Bank, Cancer Research Horizons, Eli Lilly e inversores existentes. Esta combinación muestra que las tecnologías tempranas derivadas de universidades e instituciones de investigación, si logran captar desde el mecanismo una brecha en las carteras de las grandes farmacéuticas, pueden incorporarse rápidamente al mapa de I+D de compañías farmacéuticas multinacionales incluso antes de convertirse en activos clínicos maduros.
Para Novartis, adquirir Myricx no es una simple suma de un único candidato farmacológico, sino llevar una plataforma de cargas a su cartera oncológica interna. El mercado de los ADC se ha calentado en los últimos años por varios productos exitosos y grandes acuerdos de licencia, pero cuanto más intensa se vuelve la competencia, más difícil resulta diferenciarse solo con dianas similares y cargas tóxicas similares. Comprar una compañía que todavía está en una fase relativamente temprana equivale a asumir riesgo científico mediante adquisiciones, a cambio de obtener control antes de que la plataforma madure.
Sin embargo, el importe de la operación no debe interpretarse erróneamente como una garantía de éxito clínico. Si las cargas NMTi pueden mantener suficiente selectividad en distintos tumores, si aparecerán toxicidades en tejidos normales difíciles de manejar y si realmente mejorarán la eficacia o la tolerabilidad frente a los ADC existentes son cuestiones que aún requieren datos en animales, ensayos tempranos en humanos y una verificación durante más tiempo. Lo que esta adquisición revela con mayor claridad no es que un nuevo fármaco esté a punto de reescribir el tratamiento, sino que la siguiente etapa de la competencia en fármacos contra el cáncer se está desplazando hacia capas más profundas del diseño molecular.